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Cómo recuperarse psicológicamente después de un infarto

Elena Asensio

Elena Asensio

Psicóloga | Col. M-36691 | 2026-09-25

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Cómo recuperarse psicológicamente después de un infarto

Un evento cardiovascular deja una fecha marcada en nuestro calendario vital. Hay días que recordamos con una precisión especial. Quien ha vivido un evento cardiovascular suele recordar dónde estaba, qué estaba haciendo, si estaba solo o quién le acompañaba o qué sintió cuando comprendió que algo no iba bien. Para algunas personas, esa fecha llega incluso a convertirse en una especie de segundo cumpleaños.

Hay un antes y un después. Pero nuestra historia cardiovascular no comienza ese día. Y nuestra recuperación tampoco termina cuando recibimos el alta. Recuperarse psicológicamente implica comprender cómo llegamos hasta ese momento, entender algunas de las reacciones que pueden aparecer después y, finalmente, recuperar suficiente seguridad como para volver a mirar hacia delante.

Esta manera de entender la recuperación encaja con la evolución de la propia rehabilitación cardíaca. Las nuevas guías de la Sociedad Europea de Cardiología (ESC) plantean un modelo multimodal y centrado en la persona, en el que, junto al ejercicio físico y el control de los factores de riesgo, también adquieren relevancia el funcionamiento físico y psicológico y la calidad de vida (Bäck et al., 2026). La recuperación puede entenderse, por tanto, como un recorrido. Y quizá el mejor lugar para empezarlo no sea el día del evento cardiovascular, sino un poco antes.

Antes del evento cardiovascular: comprender nuestra historia, no buscar culpables

Después de un evento cardiovascular es frecuente mirar hacia atrás y preguntarnos: “¿Por qué me ha ocurrido?”, “¿Hice algo mal?” o “¿Podría haberlo evitado?”. Buscar una explicación es una reacción comprensible, humana. El problema aparece cuando intentar comprender se transforma en culpabilizarnos.

La enfermedad cardiovascular es multifactorial. En nuestra historia conviven factores sobre los que no podemos actuar —como la edad, la genética, los antecedentes familiares o determinados factores biológicos— con otros sobre los que sí podemos intervenir: actividad física, alimentación, tabaco, peso, tensión arterial, colesterol, glucemia, adherencia al tratamiento o sueño.

Pero nuestra historia no está formada únicamente por cifras y hábitos. También importa cómo hemos estado viviendo: el estrés mantenido, nuestro estado emocional, el ritmo de vida, la exigencia personal, las relaciones significativas, el apoyo social o nuestra capacidad para pedir ayuda.

La relación entre salud mental y enfermedad cardiovascular es compleja y bidireccional. El estrés crónico, el aislamiento social y determinados problemas de salud mental se asocian con peores resultados cardiovasculares y, al mismo tiempo, pueden interferir con el autocuidado y con la adherencia a los cambios recomendados (Bueno et al., 2025).

Por eso, mirar hacia atrás no debería servir para juzgarnos, sino para comprender nuestra historia y distinguir aquello que no podemos modificar de aquello sobre lo que sí podemos empezar a actuar. Quizá una pregunta útil sea: antes de que ocurriera, ¿qué lugar ocupaba realmente cuidarme?

Pero comprender de dónde venimos es solo una parte del proceso. Porque después de un evento cardiovascular no solo cambian algunas pautas de alimentación, ejercicio o medicación. Para muchas personas cambia algo mucho menos visible: la relación con su propio cuerpo.

Después del evento cardiovascular: recuperar la sensación de seguridad

Antes de sufrir un infarto u otro evento cardiovascular, muchas personas viven con una sensación implícita de seguridad. El cuerpo simplemente funciona. Podemos sentir cansancio, notar el corazón después de hacer ejercicio o experimentar alguna molestia sin prestar demasiada atención. Hasta que ocurre algo. A partir de ese momento aparece una información nueva: “esto también puede pasarme a mí”.

Después de un evento cardíaco pueden aparecer pérdida de confianza en el propio cuerpo, vulnerabilidad emocional, preocupación por la salud o miedo a que vuelva a ocurrir. Las guías actuales de rehabilitación cardíaca reconocen la importancia de atender estas dimensiones psicológicas como parte del proceso de recuperación (Bäck et al., 2026).

Entonces podemos empezar a hacernos preguntas que antes apenas aparecían: “¿Es normal que el corazón vaya así?”, “¿Y esta molestia?”, “¿Puedo hacer este esfuerzo?”, “¿Y si vuelve a pasar?”. Sentir cierta vulnerabilidad después de una experiencia cardiovascular importante no significa ser débil. Puede formar parte del proceso de adaptación a lo ocurrido.

El malestar emocional, además, no es infrecuente entre los pacientes cardíacos. Una revisión sistemática y metaanálisis estimó prevalencias agrupadas de síntomas de:

Estos datos deben interpretarse con cautela: proceden de pacientes cardíacos y no exclusivamente de personas que acaban de sufrir un evento cardiovascular, y la presencia de síntomas no equivale necesariamente a un trastorno psicológico diagnosticado.

Por tanto, que aparezca cierto miedo no es necesariamente el problema. Lo importante es observar qué hacemos con ese miedo y cuánto empieza a condicionar nuestra vida. Después de un evento cardiovascular es lógico escuchar más nuestro cuerpo. Pero escuchar y vigilar no son exactamente lo mismo.

Imaginemos que aparece una palpitación o una pequeña molestia. Esa sensación puede activar inmediatamente un pensamiento: “¿Y si está pasando otra vez?”. El pensamiento genera miedo y la activación que acompaña al miedo puede hacer más perceptibles determinadas sensaciones corporales. Entonces comprobamos, observamos, buscamos señales.

Y cuanto más vigilamos, más sensaciones podemos detectar; cuanto más detectamos, más puede aumentar la preocupación. Se establece así un círculo de sensación → interpretación de amenaza → miedo y activación → mayor vigilancia → nuevas sensaciones.

El objetivo psicológico nunca es enseñar a ignorar síntomas que requieren atención médica. Ante síntomas de alarma deben seguirse siempre las indicaciones proporcionadas por el equipo sanitario. Se trata de recuperar progresivamente un equilibrio: escuchar mi cuerpo sin tener que vivir permanentemente en alarma.

La rehabilitación cardíaca ofrece precisamente un contexto adecuado para ir recuperando esa seguridad y detectar cuándo el miedo, la ansiedad o el impacto emocional de lo ocurrido necesitan una atención específica. El consenso europeo recomienda prestar atención a síntomas de depresión, ansiedad y estrés relacionado con experiencias traumáticas después de un nuevo diagnóstico o evento cardiovascular y durante el seguimiento cuando esté clínicamente indicado (Bueno et al., 2025).

Y recuperar esa sensación de seguridad es importante por una razón: el objetivo no es solamente encontrarnos menos asustados. Es poder volver a hacer nuestra vida.

Mirar hacia delante: cuidarme sin convertirme en mi enfermedad

A medida que avanza la recuperación aparece una nueva tarea: encontrar un equilibrio entre cuidarnos y seguir viviendo. Después de un evento cardiovascular podemos desplazarnos hacia dos posiciones muy diferentes.

  • La evitación: En un extremo estaría pensar “no ha pasado nada”: intentar volver exactamente a la vida anterior, minimizar lo ocurrido y no realizar los cambios necesarios.
  • La hipervigilancia: En el otro podría aparecer una idea igualmente limitante: “ahora soy un enfermo”. La enfermedad empieza entonces a ocupar cada vez más espacio. Podemos dejar de realizar actividades, evitar esfuerzos que han sido autorizados médicamente, reducir nuestra vida social o buscar constantemente garantías de que nada volverá a ocurrir.
"Entre ambos extremos existe otra posibilidad: Me ha ocurrido algo importante. Lo integro, me cuido y sigo viviendo."

Integrar lo ocurrido no significa negarlo, pero tampoco convertirlo en nuestra identidad. Este planteamiento encaja con el énfasis que las guías europeas de rehabilitación cardíaca de 2026 ponen en resultados relevantes para la propia persona, incluyendo el funcionamiento y la calidad de vida relacionada con la salud, además de los resultados clínicos tradicionales (Bäck et al., 2026).

Esto permite ampliar nuestra definición de recuperación. Una persona puede estar clínicamente estable y, sin embargo, haber dejado de viajar, de hacer ejercicio, de quedarse sola, de mantener relaciones sociales o de realizar actividades que antes formaban parte de su vida. Estabilidad clínica no siempre significa recuperación completa.

Por eso, quizá en algún momento del proceso convenga cambiar también la pregunta. Además de preguntarnos “¿qué tengo que hacer para cuidarme?”, podemos empezar a preguntarnos:

“¿Para qué quiero estar bien?”

Para estar con mis hijos. Para disfrutar de mis nietos. Para volver a viajar. Para caminar. Para recuperar mi autonomía. Para volver a hacer deporte. Para disfrutar con mi pareja. Para trabajar. Para volver a confiar en mi cuerpo.

La respuesta será diferente para cada persona. Pero cuando conectamos los cambios necesarios con aquello que realmente nos importa, cuidarnos deja de ser únicamente una lista de obligaciones médicas y se convierte en una forma de recuperar nuestra vida.

Porque recuperarse después de un infarto u otro evento cardiovascular no consiste únicamente en prevenir otro evento cardiovascular. También significa recuperar vida. Lo ocurrido forma parte de nuestra historia, pero no tiene por qué convertirse en toda nuestra historia. Quizá el objetivo de la recuperación no sea volver exactamente al lugar donde estábamos antes, sino aprender a cuidarnos para poder volver a vivir.

Por Elena Asensio Menchero. Responsable de Psicología en la Unidad de Rehabilitación Cardíaca (HM Hospitales–CIEC). Psicóloga General Sanitaria · N.º Col. M-36691


Referencias

Bäck, M., Wilhelm, M., Marcin, T., Machado, F. V. C., Sandberg, A., Buccheri, S., et al. (2026). 2026 ESC Guidelines on cardiac rehabilitation: Developed by the task force on cardiac rehabilitation of the European Society of Cardiology (ESC). European Heart Journal. Advance online publication. https://doi.org/10.1093/eurheartj/ehag099

Bueno, H., Deaton, C., Farrero, M., Forsyth, F., Braunschweig, F., Buccheri, S., et al. (2025). 2025 ESC Clinical Consensus Statement on mental health and cardiovascular disease: Developed under the auspices of the ESC Clinical Practice Guidelines Committee. European Heart Journal, 46(41), 4156–4225. https://doi.org/10.1093/eurheartj/ehaf191

Karami, N., Kazeminia, M., Karami, A., Salimi, Y., Ziapour, A., & Janjani, P. (2023). Global prevalence of depression, anxiety, and stress in cardiac patients: A systematic review and meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 324, 175–189. https://doi.org/10.1016/j.jad.2022.12.055

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Elena Asensio · Psicóloga (Col. Nº M-36691)
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