La orfandad de pensar por uno mismo
Los valores no pertenecen a quien los pronuncia
La decepción política no duele solo por los hechos. Duele porque rompe una pertenencia. Uno no vota únicamente un programa: vota también una identidad, una historia, una comunidad emocional. Por eso, cuando un espacio que se presentaba como defensor de la ética aparece atravesado por la mentira o el abuso, la herida no es solo ideológica. Es también íntima.
La primera reacción es la incredulidad. Después, la rabia. Más tarde, la vergüenza: ¿cómo pude creerlo? ¿Qué dice de mí haber confiado? Y entonces aparece la tentación de negar la realidad para no perder el suelo.
El control disfrazado de protección
En mi trabajo clínico veo esta dificultad continuamente. Una mujer empezaba a intuir que la madre a la que había idealizado durante años quizá también la había utilizado. Le pedí que imaginara a su madre enfadada con ella por tomar una decisión propia, y no pudo sostenerlo: el cuerpo se le tensó entero. La sola imagen de una madre decepcionada se vivía como traición.
Su madre le había enseñado el mundo como un lugar inhóspito. Fuera todo era amenaza; solo a su lado estaría segura. Una de las formas más eficaces del control es no presentarse como dominio, sino como protección. Y en ese contrato hay una letra pequeña: yo cuidaré de ti, pero tú me entregarás tu capacidad de pensar, de decidir, la de elegir cómo vivir.
Pertenencias colectivas y la trampa del miedo
Con las pertenencias colectivas ocurre algo parecido. Un partido, una ideología, una tradición pueden haber sido refugio e identidad. Pero cuando exigen renunciar a la propia capacidad de disentir, dejan de ser un lugar adulto. La adultez no requiere entrega, sino responsabilidad.
Y muchas pertenencias no se sostienen solo por amor a los propios valores, sino por miedo al adversario. El adversario deja de ser alguien que propone otro punto de vista y se convierte en amenaza total. Cuando el miedo se mantiene despierto, la pertenencia deja de ser elección y pasa a ser refugio de supervivencia.
Y sin darnos cuenta, hemos dado a los dirigentes un poder absoluto. A los míos y a los suyos. Entonces la crítica interna se vuelve imposible: si los nuestros fallan, se calla; si engañan, se justifica.
Y este círculo se alimenta desde los dos lados. Un grupo cultiva la idea de que el adversario es la amenaza, le atribuye intenciones que no tiene y le coloca encima lo que no quiere reconocer en sí mismo. El otro lo recibe como una ofensa y responde desde la ofensa.
Ahí está lo más amargo: en vez de ser un lugar de encuentro, porque la decepción con los propios es universal, se aprovecha para dañar más a quien está más vulnerable. El más expuesto es el que discrepa, el que duda, el que se ha quedado sin bando.
Recuperar el criterio propio
No escribo esto para pedir moderación ni para decir que todas las opciones son equivalentes: no lo son. Escribo porque creo que se puede discrepar sin necesitar que el otro sea una amenaza, y reconocer los errores de los míos sin regalarle la razón entera a los tuyos.
Los valores no pertenecen a quien los pronuncia.
Una pertenencia sana me da suelo para pensar. Una que me exige dejar de pensar para no perder el suelo ya no me sostiene: me retiene.
La verdadera orfandad no llega cuando descubrimos que una figura idealizada nos engañó. Llega cuando, para no sentirnos huérfanos, preferimos dejar de pensar.